Las altas temperaturas, las heladas tardías, las lluvias fuera de temporada y la sequía son algunos de los efectos más visibles del cambio climático. Este escenario ha impulsado un mayor uso de bioestimulantes en la producción frutícola, especialmente en arándanos, debido a su capacidad para aumentar la resiliencia de los cultivos frente al estrés abiótico —como sequías, calor y salinidad—, fortalecer las defensas naturales de las plantas, mejorar la eficiencia en el uso de agua y nutrientes, y potenciar la fotosíntesis y el rendimiento productivo.
En conversación con Blueberries News, Thomas Fichet, Doctor en Biotecnología Universidad Politécnica de Valencia y docente del Departamento de Producción Agrícola de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Chile, explicó que la bioestimulación corresponde a “un estímulo de origen orgánico que genera un mayor crecimiento y desarrollo de la planta, ya sea a nivel celular o de alguno órgano en particular. Lo que buscamos con la bioestimulación es promover un crecimiento más eficiente utilizando productos de origen orgánico”.
El especialista fue enfático en señalar que, cuando el objetivo es bioestimular las raíces, la aplicación debe realizarse directamente en ellas. “Una aplicación foliar puede generar bioestimulación en la parte aérea —ramas, hojas o frutos—, pero no se traduce en un efecto a nivel radicular o muy poco. Por lo tanto, estos productos deben aplicarse vía riego para generar un estímulo efectivo en las raíces”, explicó.

En cuanto a los tipos de bioestimulantes disponibles, Fichet detalló que existe una amplia gama, entre ellos los extractosde algas marinas. “Algunos de los más evaluados y utilizados son a base de Ascophyllum nodosum y Ecklonia maxima, que cuentan con una sólida trayectoria y respaldo científico. Existen otros productos más recientes, provenientes de mercados como India o China, que aún presentan pocos ensayos científicos o de campo”, señaló.
Además, mencionó otros tipos de extractos orgánicos como son: plantas acuáticas de ríos amazónicos, subproductos de la industria pesquera o cárnica, y compuestos orgánicos vegetales como los ácidos fúlvicos y húmicos, los cuales también pueden aplicarse vía riego.
En la actualidad, se habla también de bioestimulantes de segunda generación y en este caso se refieren a productos cuyos compuestos “activos” son más acotados a una molécula, en general. En este caso hablamos de: polifenoles, ácido glutámico, glicina betaína, péptidos, etc.
Crecimiento y desarrollo radicular
Según el experto, uno de los principales efectos de la bioestimulación ocurre a nivel de la raíz. “Lo que nos interesa es generar un crecimiento radicular que abarque una mayor superficie. Esto permite que la planta se nutra mejor y absorba de forma más eficiente el agua. Hablamos de multiplicación de raíces mediante división celular, crecimiento en longitud y mayor ramificación, lo que se traduce en un sistema radicular más robusto”, agregó.
Además, explicó que fortalecer las raíces favorece la producción de compuestos que se movilizan hacia la parte aérea de la planta, como hormonas vegetales y otros compuestos orgánicos, generando efectos positivos en la tolerancia al estrés abiótico por altas temperaturas, frío, radiación lumínica o salinidad.
Fichet destacó que algunos bioestimulantes de primera generación contienen azúcares y aminoácidos asociados a la tolerancia al estrés, los cuales son absorbidos por las raíces y transportados vía xilema hacia la parte aérea. “Esto se traduce en una mayor fotosíntesis, mejor crecimiento y tamaño del fruto, mejores características organolépticas y un color más uniforme”, indicó.
Asimismo, explicó que estos productos ayudan a reducir el estrés oxidativo. “Generan enzimas que neutralizan los radicales libres, transformándolos en agua, lo que disminuye el daño causado por estrés salino, hídrico o térmico. También influyen positivamente en la apertura estomática, mejorando las condiciones fisiológicas de la planta”.
Errores y aciertos en el uso de bioestimulantes
Uno de los errores más frecuentes que cometen los productores es la subdosificación, es decir, aplicar dosis menores a las recomendadas. “Esto suele responder a razones económicas, ya que son productos costosos. Sin embargo, para que sean efectivos deben aplicarse con la frecuencia adecuada, idealmente cada 15 días o de forma mensual”, detalló Fichet.
El experto comparó su funcionamiento con la homeopatía en humanos: “Para mantener activos los mecanismos de defensa, estos deben estimularse de forma permanente. Si se deja de aplicar el producto, los mecanismos se desactivan y la planta vuelve a ser susceptible”.
Si bien algunos bioestimulantes han mostrado cierto efecto curativo cuando se aplican después de un evento de estrés, Fichet señaló que los mejores resultados se obtienen con aplicaciones preventivas. “Así como existe un programa nutricional, también debe existir un programa de aplicación de bioestimulantes durante toda la temporada”.
Finalmente, el especialista concluyó que la bioestimulación es una tendencia en crecimiento dentro de la agricultura moderna. “No se trata solo de una moda. Los consumidores demandarán cada vez productos más sustentables y naturales. Además, las condiciones adversas asociadas al cambio climático obligarán a utilizar estos productos no solo de forma curativa, sino como una práctica permanente en los sistemas productivos”, finalizó.