El pH del suelo cumple un rol clave en la producción de arándanos, ya que determina la forma y disponibilidad de los nutrientes que serán absorbidos por la planta para la formación de los frutos. Una gestión inadecuada puede traducirse en deficiencias nutricionales, pérdida de calidad de fruta e incluso, en el deterioro del cultivo. 

En ese contexto, entender qué es el pH, cómo funciona y cuáles son los rangos óptimos resulta fundamental para evitar errores y maximizar el potencial productivo del cultivo. 

¿Qué es el pH y por qué es tan relevante en arándanos? 

El pH o potencial de hidrógeno mide la concentración de iones hidrógeno (H⁺) en una solución. A mayor concentración de hidrógeno, más bajo es el pH; es decir, más ácida es la solución. Este parámetro influye directamente en la disponibilidad de los nutrientes, ya que determina la forma química en que estos se encuentran y si pueden ser absorbidos o no por las raíces. 

En arándanos, este aspecto cobra especial relevancia, ya que se trata de una especie acidófila, adaptada a crecer en condiciones de acidez, pero con límites claros respecto a su rango óptimo de desarrollo. 

De acuerdo con Sebastián Ochoa, director de Consultora Agrícola y Comercial Santa María (CASM Blueberries): “El arándano es una planta acidófila que resiste pH bajos, muy ácidos, a diferencia de otras especies. Sin embargo, que resista pH ácido no significa que el pH ideal deba ser extremadamente bajo. A medida que el pH disminuye en exceso, varios nutrientes reducen su disponibilidad, lo que termina afectando la calidad de la fruta”. 

Según explicó el asesor internacional, el rango óptimo de pH para el cultivo de arándanos se sitúa entre 5,5 y 6,0, intervalo donde se logra la mayor disponibilidad de nutrientes esenciales para la planta. 

El impacto del pH no se limita a un solo nutriente, sino que regula de manera integral la disponibilidad de macro y microelementos. Así lo comentó Fernando Villagrán, asesor internacional en producción de arándanos de CASM Blueberries: “El pH regula la disponibilidad —o no disponibilidad— de los macro y microelementos. Cuando se trabaja con pH alto, se generan deficiencias de micronutrientes; y cuando el pH es demasiado bajo, pueden aparecer deficiencias tanto de macro como de microelementos”. 

pH alto, bicarbonatos y clorosis: un problema crítico 

Uno de los principales problemas asociados a pH superiores a 6,0 es la presencia de bicarbonatos en la solución del suelo. El arándano es una especie calcífuga, es decir, no tolera suelos básicos ni la presencia de bicarbonato o carbonato de calcio. 

Ochoa explicó que cuando el pH supera 6,0, comienzan a aparecer bicarbonatos en la solución del suelo, lo que interfiere directamente en el metabolismo del hierro. “La planta puede absorber el hierro, pero no logra metabolizarlo. Como consecuencia, comienza a perder clorofila, las hojas se tornan amarillas, disminuye la tasa fotosintética y, en casos extremos, la planta puede llegar a morir”, sostuvo. 

“Por esta razón, mantener el pH entre 5,5 y 6,0 no solo permite neutralizar los bicarbonatos —ya que no desaparecen—, sino que además asegura una alta disponibilidad de nutrientes para el cultivo”, destacó el especialista. 

En esa línea, Villagrán comentó: “A pH inferior a 5, el hierro se encuentra en estado ferroso, es decir, en una forma poco absorbida por las raíces. A esos pH aumenta considerablemente el magnesio, lo que interfiere en la absorción del hierro. La mayor disponibilidad de este elemento se logra a un pH de 6.” 

Uso de ácidos: tipos, ventajas y precauciones 

Para neutralizar los bicarbonatos presentes en el agua de riego, se utilizan distintos tipos de ácidos. Entre los más comunes se encuentran: 

  • Ácido nítrico (HNO3
  • Ácido sulfúrico (H2SO4
  • Ácido sulfuroso (H2SO3
  • Ácido fosfórico (H3PO4

No obstante, cada uno presenta características particulares y acidificantes que deben ser consideradas cuidadosamente. 

En el caso del ácido fosfórico, por ejemplo, su aplicación en exceso puede generar problemas, advirtió Ochoa. “Un aporte elevado de fósforo puede provocar la formación de sales insolubles, como fosfatos de calcio, hierro o zinc, dejando estos elementos no disponibles para la planta”. 

Según Ochoa, el ácido sulfúrico es el más recomendable, ya que no interfiere con la nutrición del cultivo. El ácido nítrico, en cambio, aporta nitrógeno, por lo que su uso debe ser considerado dentro del plan nutricional. El ácido sulfuroso, generado a partir de la combustión de azufre, es un ácido más débil, lo que permite una dosificación más controlada. 

Errores frecuentes en la gestión del pH 

Cuando se habla de gestión del pH, uno de los errores más comunes entre los productores es dosificar en exceso, bajo la creencia de que, por ser acidófilo, el arándano debe crecer en suelos extremadamente ácidos. 

“Se baja demasiado el pH y eso afecta la disponibilidad de nutrientes, impactando directamente en la calidad de la fruta”, señaló Ochoa. 

Otros errores habituales, detalló el asesor internacional, incluyen el uso excesivo de ácido fosfórico, una dosificación incorrecta del ácido o trabajar con pH entre 6,0 y 6,5, donde aún hay presencia de bicarbonatos que afectan a la planta. “El arándano absorbe nutrientes de dos formas: una pasiva, mediante el flujo de agua y nutrientes disueltos, y otra activa, donde la raíz libera protones para facilitar el intercambio iónico y la absorción de cationes. Este proceso provoca una acidificación natural de la rizosfera, especialmente en sistemas en sustrato. En estos casos, es común que el pH medido en el drenaje sea mucho más bajo que el pH de la solución aplicada por goteo”, explicó. 

En este caso, el error está en intentar corregir ese pH bajo subiendo el pH de la solución nutritiva. “Al hacerlo, se termina entregando bicarbonato a la planta, lo que provoca clorosis y problemas nutricionales”. 

Villagrán refuerza la idea de que se debe trabajar con el pH en equilibrio, dentro de rangos entre 5,5 y 6,0. “En la solución de fertirriego debemos considerar que el arándano posee mecanismos propios para acidificar la rizosfera y absorber nutrientes.” 

Buenas prácticas para un manejo correcto del pH 

Para evitar errores y asegurar una nutrición eficiente, los especialistas coinciden en una serie de recomendaciones clave: 

  • Contar con análisis de agua confiables, realizados al menos una vez al mes. 
  • Monitorear las concentraciones de bicarbonato, ya que pueden variar según la fuente de agua. 
  • Utilizar sistemas de inyección automática, que ajusten la dosis de ácido frente a cambios en el pH. 
  • Medir periódicamente el pH en el goteo, para verificar que el valor aplicado se mantenga en el huerto. 
  • Realizar análisis de suelo o sustrato, y en sistemas en sustrato, análisis de drenaje para evaluar el comportamiento real del pH. 

“Un manejo preciso del pH no solo evita problemas nutricionales, sino que se convierte en una herramienta estratégica para mejorar la calidad de fruta, la eficiencia productiva y la sostenibilidad del cultivo de arándanos en Perú”, concluyen los expertos.