P0R DR. ANDRÉS FRACE, FITOPATÓLOGO, ASESOR INTERNACIONAL
A medida que un país aumenta su producción de arándanos, también se observa un incremento en los rechazos por pudriciones, un problema que no distingue entre huertos grandes o pequeños. Hoy en día, el país que más ha acelerado su producción es Perú, y con ello también crece la cantidad de fruta que llega a destino con algún grado de deterioro. Los promedios globales de pérdida en postcosecha oscilan entre 10 y 12% de la fruta, y el principal causante de estas pérdidas son los hongos de postcosecha, comúnmente denominados pudriciones.
Este promedio se ha mantenido estable por muchos años, aunque las cantidades absolutas de fruta rechazada varían dependiendo del volumen exportado por cada país y de la distancia a los mercados de destino. En la medida que aumenta la oferta, también se incrementa la presión sobre la logística, los centros de proceso y la cadena de frío, y es en esos puntos donde muchas veces se expresan problemas que comenzaron silenciosamente en el campo.
Dos momentos críticos: campo y postcosecha
Desde el punto de vista fitopatológico, es fundamental distinguir entre fruta que se infecta en el huerto y aquella que se contamina durante la postcosecha. En el primer caso, hablamos de infecciones latentes: el patógeno ingresa en floración o en etapas tempranas de desarrollo del fruto y permanece inactivo hasta que las condiciones de almacenamiento favorecen su crecimiento. En el segundo escenario, la fruta puede salir sana del campo, pero contaminarse en los lugares de acopio, en el prefrío, en las líneas de selección, en las cámaras de guarda o incluso durante el transporte hacia el consumidor final.
Esta distinción no es menor. En muchas ocasiones, el huerto es señalado como el principal responsable de los rechazos, cuando en realidad la cadena posterior puede tener múltiples puntos de contaminación cruzada. Los frigoríficos en destino, por ejemplo, reciben fruta de distintos países y especies, y no siempre existe una segregación estricta. La presencia de esporas en ambientes cerrados y húmedos es suficiente para generar nuevas infecciones si la fruta presenta microheridas o si se producen condensaciones.
Para determinar el origen real de una pudrición, el uso de contramuestras en origen es una herramienta clave. Abrir esas muestras en paralelo con la llegada de la fruta a destino permite evaluar si el problema se desarrolló en el huerto o durante el tránsito. Sin embargo, esta información suele manejarse de forma privada, lo que dificulta un análisis sectorial más transparente.
Botrytis cinerea: biología y persistencia
El principal patógeno involucrado en pudriciones de arándano es Botrytis cinerea. Su importancia radica no solo en su alta prevalencia en huertos y packing, sino también en su capacidad de crecer a temperaturas cercanas a 0 °C. Mientras otros hongos de postcosecha reducen drásticamente su actividad en frío, Botrytis puede desarrollarse lentamente durante el almacenamiento y transporte, lo que explica por qué la fruta puede llegar con síntomas evidentes tras varias semanas de viaje.
Desde el punto de vista biológico, Botrytis produce abundantes esporas que se dispersan fácilmente por aire. Coloniza flores, frutos, tejidos senescentes, restos florales adheridos al fruto y heridas microscópicas. La infección puede establecerse en floración y permanecer latente hasta que el fruto entra en un estado fisiológico más susceptible, como ocurre durante la postcosecha.
La alta humedad relativa es un factor determinante. Valores sobre 95% favorecen la germinación de esporas, especialmente cuando existe agua libre producto de condensaciones. No siempre se requieren precipitaciones; basta con rocío persistente, neblinas o microclimas generados por alta densidad de plantación. En estructuras protegidas, como túneles o macrotúneles, la ventilación insuficiente puede transformar el ambiente en un escenario ideal para el desarrollo y proliferación del patógeno.
Microclima, densidad y arquitectura del huerto
La arquitectura del huerto, es decir, la disposición espacial de las plantas en él influye directamente en la epidemiología de las pudriciones. Densidades altas de plantación, follaje excesivo y poda deficiente reducen la circulación de aire y prolongan los periodos de mojamiento foliar. Esto incrementa la presión de inóculo y dificulta que los fungicidas alcancen todos los órganos susceptibles.
Una planta equilibrada, bien ventilada y con una adecuada exposición a radiación solar, tiende a presentar menor incidencia de enfermedades. Sin embargo, existe una tensión permanente entre maximizar el rendimiento por hectárea y mantener las condiciones sanitarias óptimas. A mayor densidad, mayor producción potencial, pero también mayor riesgo de crear microambientes favorables a los hongos.
El manejo cultural, por lo tanto, es tan importante como el químico. La eliminación de restos florales, fruta caída y material vegetal enfermo reduce significativamente la carga de inóculo y el potencial desarrollo de pudriciones. Asimismo, la limpieza en packing —líneas de proceso, unidades de frío, evaporadores, bandejas, bins y pisos— es un componente esencial del manejo integrado.


Postcosecha: tiempo, temperatura y etileno
Una vez cosechada, la fruta inicia un proceso natural de senescencia. En este estado, los tejidos se vuelven más susceptibles al ataque de patógenos. La producción natural de etileno, aunque menor que en otras especies, contribuye a acelerar procesos fisiológicos que facilitan el desarrollo de hongos.
El tiempo entre cosecha y prefrío es crítico. Cada hora a temperatura ambiente incrementa la tasa respiratoria y la probabilidad de que infecciones latentes se activen. Si bien el enfriamiento rápido y homogéneo es una de las medidas más efectivas para retrasar el avance de pudriciones, no basta con alcanzar baja temperatura: es indispensable mantenerla estable.
Los quiebres de frío generan condensación sobre la superficie del fruto. A su vez, esa agua libre permite la germinación de esporas que, en condiciones secas, permanecerían inactivas. Por ello, la estabilidad térmica durante el transporte marítimo o aéreo es un factor determinante para llegar a destino con una fruta inocua. Un sistema de frío técnicamente adecuado, pero mal manejado, puede transformarse en un facilitador de enfermedades.
Interacción con daños de insectos
En este contexto, el daño causado por insectos adquiere relevancia. Scirtothrips dorsalis, presente en países como Perú y México, se alimenta de tejidos jóvenes, generando raspaduras y microheridas en brotes y frutos en formación. Si bien el trips no es un patógeno, esas lesiones pueden transformarse en puertas de entrada para hongos oportunistas.
En climas cálidos, con alta fertilización nitrogenada y crecimiento vegetativo vigoroso, las poblaciones de este trips pueden multiplicarse rápidamente. El resultado es un aumento de tejido susceptible y heridas superficiales que, bajo alta humedad, facilitan infecciones secundarias por Botrytis u otros hongos como Colletotrichum, causante de la antracnosis.
El manejo integrado de plagas, incluyendo control biológico, monitoreo constante y estrategias culturales, no solo protege el rendimiento del huerto, sino que también contribuye indirectamente a reducir la incidencia de pudriciones finales de la fruta. La sanidad vegetal debe entenderse como un sistema interconectado.
Distancia a mercados y exigencia sanitaria
La logística internacional introduce un componente adicional. Países como Chile enfrentan viajes prolongados hacia mercados lejanos, lo que exige un estándar extremadamente alto en manejo de campo y postcosecha. Perú, con ciertas ventajas logísticas hacia algunos destinos, no está exento de riesgo, especialmente cuando los volúmenes crecen rápidamente y la infraestructura debe adaptarse.
En todos los casos, la clave está en comprender que las pudriciones no son un evento aislado, sino el resultado de múltiples factores acumulativos. Desde la floración hasta la góndola, cada decisión agronómica y logística influye en el desenlace sanitario. El desafío no es simplemente aplicar más fungicidas, sino integrar prácticas culturales, control de plagas, higiene estricta y manejo riguroso de la cadena de frío.
Cuando se analizan los rechazos en destino, es fundamental mirar el sistema completo. Solo entendiendo la interacción entre campo, postcosecha, transporte y mercado, es posible reducir de manera sostenible el impacto de las pudriciones y mantener la competitividad en un escenario de creciente oferta global.
Resistencia a fungicidas y sostenibilidad del control
Un aspecto no menor para el manejo de las pudriciones es la resistencia de Botrytis cinerea a fungicidas. Este patógeno tiene una gran capacidad de adaptación y, debido a su alta variabilidad genética y ciclos reproductivos rápidos, puede desarrollar resistencia cuando se utilizan reiteradamente los mismos modos de acción. En sistemas intensivos de producción, donde las aplicaciones son frecuentes durante floración y precosecha, la presión de selección es elevada.
Para evitarla se debe priorizar un uso estratégico de fungicidas, que requiere rotación de ingredientes activos con distintos mecanismos de acción, aplicaciones en momentos fenológicos críticos y un monitoreo constante de su eficacia en los huertos. No se trata de aumentar el número de intervenciones, sino de aplicarlas en el momento correcto, procurando una cobertura adecuada y considerando las condiciones ambientales. En huertos con alta densidad de follaje, por ejemplo, la penetración del producto puede ser limitada, dejando zonas sin protección donde el hongo puede establecerse y proliferar.
Las exigencias de los mercados en términos de límites máximos de residuos obligan a un equilibrio delicado entre eficacia sanitaria y cumplimiento normativo. Esto refuerza la necesidad de integrar prácticas culturales que disminuyan la presión de inóculo y a su vez reduzcan la dependencia exclusiva del control químico.
Infecciones latentes y su expresión en destino
Uno de los fenómenos más complejos en arándanos es la infección latente. Durante la floración, las esporas de Botrytis pueden colonizar restos florales y tejidos jóvenes sin generar síntomas visibles. El fruto continúa su desarrollo aparentemente sano, con el patógeno presente pero inactivo. Una vez que la fruta es cosechada y entra en un proceso de maduración y senescencia, el hongo reactiva su crecimiento.
Este comportamiento explica por qué, en algunos casos, los análisis en campo muestran baja incidencia, mientras que en destino aparecen pudriciones significativas. El estrés asociado a cosecha, manipulación, enfriamiento y transporte puede actuar como detonante. Por ello, la gestión sanitaria debe comenzar en floración, no en precosecha.
La eliminación oportuna de flores senescentes adheridas al fruto, el control de humedad en periodos críticos y la protección fungicida estratégica durante plena flor, son medidas que ayudan a reducir la probabilidad de infecciones latentes que se expresan semanas después.


Calidad fisiológica y susceptibilidad
No toda fruta tiene la misma susceptibilidad. Factores como nutrición, equilibrio hídrico y carga productiva, influyen en la calidad fisiológica del fruto. Plantas con exceso de nitrógeno, por ejemplo, pueden generar tejidos más tiernos y susceptibles. El estrés hídrico prolongado, seguido de riegos abundantes, puede producir microfisuras que no siempre son visibles, pero que facilitan el ingreso de patógenos.
La firmeza del fruto y su contenido de sólidos solubles son variables que inciden en la resistencia natural a la infección. En ciertos casos, una estrategia agronómica orientada exclusivamente a maximizar calibre y rendimiento puede comprometer atributos que favorecen la vida postcosecha.
En este sentido, el manejo nutricional equilibrado y la regulación de carga son herramientas indirectas pero fundamentales en la prevención de pudriciones.
Integración real del sistema sanitario
Cuando se analizan las pudriciones desde una perspectiva integral, queda en evidencia que no existe una solución única. El problema es sistémico. Comienza en la floración, se ve influido por la arquitectura del huerto y el microclima, continúa en la cosecha y manipulación, y culmina en la estabilidad de la cadena de frío y las condiciones de almacenamiento en destino.
La interacción con plagas como Scirtothrips dorsalis refuerza esta visión sistémica. El daño que genera puede parecer secundario desde el punto de vista productivo inmediato, pero al crear heridas microscópicas y alterar la fisiología del tejido, contribuye indirectamente a aumentar el riesgo sanitario. Por lo tanto, el control oportuno e integrado de plagas forma parte del engranaje preventivo que el manejo de enfermedades.
En escenarios de alta competitividad internacional, donde los márgenes se estrechan y los mercados son cada vez más exigentes, reducir un par de puntos porcentuales de pérdida puede marcar una diferencia significativa en la rentabilidad final de un huerto. Pero esa reducción no se logra con una sola medida, sino con una coherencia técnica en cada etapa del proceso.
La experiencia demuestra que los programas más exitosos son aquellos que combinan monitoreo constante, decisiones basadas en condiciones climáticas reales, higiene estricta en packing, capacitación del personal de cosecha y una cadena de frío estable y verificable. La pudrición que se observa en destino es, en definitiva, la manifestación visible de una serie de decisiones acumuladas a lo largo de todo el sistema productivo.
El punto de partida para disminuir rechazos y sostener la calidad exportable en un mercado global que no tolera fallas sanitarias reiteradas pasa por entender esa cadena completa, más que buscar responsables aislados.