Durante años, el cultivo de arándanos en maceta estuvo asociado principalmente a la necesidad de compensar limitaciones edáficas. Suelos pesados, problemas de drenaje o condiciones físicas poco adecuadas impulsaron la adopción de sistemas productivos basados en sustratos.  

Sin embargo, esa realidad ha cambiado. Según explica Simón Muñoz, asesor internacional de CASM Blueberries, hoy las macetas se están consolidando como una herramienta estratégica para optimizar el manejo agronómico y tener un mayor control sobre el desarrollo del cultivo, incluso en zonas con condiciones naturales favorables. 

El consultor destaca que la expansión de estos sistemas es una tendencia observable en prácticamente todas las regiones productoras del mundo. Según señala, incluso países como Perú, reconocidos por contar con amplias superficies de suelos arenosos y excelentes condiciones para el cultivo de arándanos, han aumentado significativamente la adopción de plantaciones en maceta. 

“La utilización de macetas ya no responde únicamente a limitaciones del suelo. Cada vez más productores las incorporan como una estrategia para ejercer un mayor control sobre la unidad productiva, es decir, sobre el huerto”, explica. 

El control como principal ventaja 

La creciente adopción de sistemas en maceta se asocia a la posibilidad de una mayor precisión en el manejo de factores clave para la productividad del cultivo. A diferencia del suelo, donde muchas variables resultan difíciles de modificar o corregir, el sustrato permite intervenciones más rápidas y eficientes. 

Muñoz explica que en los suelos pueden presentarse problemas asociados a toxicidades o desequilibrios que requieren largos períodos de corrección debido a su elevada capacidad de amortiguación. En contraste, el sustrato constituye una unidad mucho más pequeña y manejable. 

“La principal ventaja de la maceta es que permite manejar parámetros productivos con mucha mayor precisión que el suelo. El sustrato representa una base reducida, donde pequeños ajustes en el manejo pueden generar impactos significativos en el desarrollo y rendimiento del cultivo”, señala. 

Esta capacidad de respuesta es fundamental en una industria que busca optimizar el uso de recursos como agua, fertilizantes y mano de obra, al mismo tiempo que apunta a mejorar la productividad y la calidad de la fruta. 

Volumen antes que forma 

Uno de los aspectos que suele generar debate entre productores es la elección del tipo de maceta. En el mercado existen numerosas alternativas que difieren en diseño, color, forma y capacidad. Sin embargo, desde la experiencia de manejo en distintos países y sistemas productivos, algunos de estos factores parecen tener una incidencia mucho menor de la que habitualmente se les atribuye. 

Según el asesor, hasta ahora no se han observado diferencias relevantes asociadas a la forma de la maceta, ya sea cuadrada o redonda, ni tampoco a su color. 

Aunque reconoce que la temperatura del sustrato es una variable que merece mayor investigación en el futuro, los ensayos y observaciones realizados hasta la fecha no muestran efectos significativos sobre el consumo de agua, la degradación del sustrato o el desempeño general de las plantas atribuibles a estas características. 

En cambio, existe un factor que sí marca diferencias importantes: el volumen disponible para el desarrollo radicular. “Los efectos más relevantes están asociados al volumen de la maceta. Una maceta de mayor capacidad permite que la planta exprese mejor su potencial de crecimiento, mientras que una más pequeña limita su desarrollo”, explica. 

No obstante, la elección no es tan simple como optar siempre por el mayor volumen posible. La decisión debe responder a una estrategia productiva integral que considere objetivos de rendimiento, densidad de plantación y rentabilidad del proyecto. 

Una maceta de menor volumen permite aumentar el número de plantas por hectárea, mientras que una de mayor capacidad favorece un desarrollo individual más vigoroso. El equilibrio entre ambas variables dependerá de las metas productivas de cada proyecto y sus características específicas. 

Pensar en el largo plazo 

Además del volumen, existe otro elemento que merece especial atención al momento de seleccionar una maceta: su calidad constructiva. 

Para Muñoz, tanto el material de fabricación como el grosor del plástico son aspectos fundamentales que no deben subestimarse. La razón es simple: los proyectos modernos de arándanos están diseñados para operar durante largos períodos y requieren herramientas capaces de acompañar esa vida útil. 

“Las macetas deben ofrecer la durabilidad necesaria para sostener proyectos de 15 o incluso 20 años. Idealmente, una maceta debería permitir completar al menos dos ciclos de plantación completa, donde se espera que cada ciclo sea de entre siete a diez años”, comenta. 

En esa línea, la inversión inicial no debe evaluarse únicamente en función del costo de adquisición, sino también considerando su comportamiento a lo largo del tiempo y su capacidad para mantener la estabilidad estructural del sistema productivo.