La calidad de la fruta se ha convertido en una de las principales características que buscan los productores de arándanos en todo el mundo. Este objetivo trasciende tanto a las variedades de bajo requerimiento de horas frío como a aquellas de alto requerimiento, ya que el éxito de un huerto depende cada vez más de su capacidad para producir fruta firme, con buena condición y una adecuada vida de postcosecha. 

En este contexto, una de las etapas más importantes para alcanzar estos resultados es la poda, una labor estratégica que permite mejorar la arquitectura de la planta, renovar tejidos productivos y favorecer el desarrollo de fruta de mejor calidad. 

De acuerdo con Simón Muñoz, asesor internacional en producción de arándanos de CASM Blueberries, la poda es una de las labores más determinantes para alcanzar un buen desempeño productivo. “Más que enfocarnos únicamente en las nuevas variedades, debemos entender la poda como una herramienta fundamental para renovar el crecimiento vegetativo y optimizar la ubicación de la fruta dentro de la planta. Una estructura más abierta favorece la entrada de luz, mejora la eficiencia de la cosecha y promueve que la fruta se concentre en la periferia del arbusto. Debemos evitar tanto el crecimiento vegetativo como la producción de fruta al interior del dosel”, señala. 

Según el especialista, uno de los principales objetivos de esta labor es eliminar material improductivo o de baja calidad para concentrar la energía de la planta en estructuras capaces de producir fruta con mejores características. 

“Tenemos que remover material débil, sin vigor y con muchos cortes acumulados. Lo ideal es manejar una planta que requiera la menor cantidad de intervenciones posibles. Sin embargo, la estrategia cambia dependiendo del tipo de variedad y de las condiciones climáticas donde se desarrolla el cultivo”, explica. 

En variedades de alto requerimiento de horas frío, la poda suele ser más delicada y selectiva. “En estos casos, el objetivo es conservar estructuras vigorosas que permitan sostener la producción de la temporada siguiente, manteniendo una arquitectura equilibrada que favorezca tanto la iluminación como la ventilación de la planta”, detalla Muñoz. 

Por el contrario, en variedades de bajo requerimiento de horas frío, especialmente aquellas cultivadas en zonas cálidas, los esquemas de poda pueden ser mucho más agresivos. 

“Una variedad como Sekoya Pop puede podarse prácticamente a piso. Es decir, se elimina gran parte de la estructura de la planta y, debido a que crece en zonas muy calurosas y con condiciones altamente favorables, vuelve a brotar y a generar una planta completa en cuatro o cinco meses”, comenta Muñoz. 

La situación es distinta en regiones de clima más frío, como el sur de Chile. Allí, las plantas requieren una estrategia de manejo más conservadora, enfocada en preservar las estructuras vigorosas desarrolladas durante la temporada anterior. “En zonas frías debemos tener cuidado de ir dejando el material vigoroso de la temporada anterior y de darle forma a la planta para ubicar la carga frutal hacia el exterior, donde quede expuesta al sol y accesible para las manos que la cosecharán”, agrega. 

Errores frecuentes durante la poda 

A juicio de Muñoz, los errores asociados a la poda varían según la zona productiva y el nivel de experiencia de los productores. En regiones con una larga tradición en el cultivo, como el sur de Chile, el manejo suele estar bastante consolidado. Sin embargo, en otras áreas productivas todavía existen desafíos importantes. 

“Los productores del sur ya conocen bastante bien el manejo de sus huertos. En lugares como Perú, el norte de África o Marruecos, los errores asociados a la poda generalmente tienen relación con dejar material de poco vigor, que no será capaz de producir fruta de buena calidad”, explica. 

El asesor advierte que mantener ramas débiles o envejecidas genera una competencia innecesaria dentro de la planta y reduce la capacidad de producir fruta con los estándares que exige el mercado actual. 

A ello se suma un aspecto cada vez más relevante: la sanidad vegetal. “Las medidas fitosanitarias durante la poda son fundamentales, especialmente en variedades cultivadas bajo condiciones de altas temperaturas. En estos ambientes, las plantas pueden ser más susceptibles al desarrollo de enfermedades. Por lo tanto, el manejo fitosanitario debe ir muy de la mano con la estrategia de poda”, sostiene. 

Calidad antes que rendimiento 

Uno de los conceptos que Muñoz enfatiza es que el rendimiento por sí solo no garantiza la rentabilidad de un proyecto. Según explica, el verdadero objetivo debe ser producir fruta de calidad capaz de satisfacer las exigencias de los mercados de destino. 

“Tenemos que entender que el rendimiento no significa nada si no tenemos calidad. No sirve producir diez kilos por planta si solamente tres o cuatro kilos cumplirán con los estándares de calidad. En ese caso estamos perdiendo dinero y desarrollando una mala estrategia de negocio”, afirma. 

Desde esta perspectiva, la poda adquiere una importancia aún mayor, ya que permite mejorar las condiciones para que la fruta alcance una adecuada calidad fisiológica y comercial. «Si seguimos esta lógica, una poda ordenada, removiendo material vegetativo débil y eliminando estructuras que se esconden dentro del dosel, aumentará las probabilidades de obtener fruta de mejor calidad, con una adecuada acumulación de calcio y, por ende, con una mejor vida de postcosecha”, señala. 

La exposición uniforme a la luz, una mejor ventilación y una distribución equilibrada de la carga productiva favorecen el desarrollo de frutos más firmes, homogéneos y resistentes a las exigencias de la cadena logística internacional. 

Variedades tradicionales y nuevas variedades 

A pesar de la constante incorporación de nuevas genéticas en la industria, Muñoz sostiene que los principios fundamentales de la poda siguen siendo similares. “En general, no existen grandes diferencias entre variedades tradicionales y nuevas variedades desde el punto de vista conceptual de la poda. Las principales diferencias están relacionadas con el requerimiento de horas frío y la velocidad de crecimiento que presentan en cada zona productiva”, explica. 

“Por ello, más que enfocarse exclusivamente en la genética, los productores deben adaptar las estrategias de manejo a las características fisiológicas de cada variedad y a las condiciones agroclimáticas del lugar donde se cultivan”, detalla. 

Finalmente, el especialista recalca que toda decisión agronómica debe tener como objetivo final la obtención de fruta de calidad. «Tenemos que pensar que al mercado no le interesa cómo logramos producir la fruta. Lo que realmente importa es recibir fruta de calidad en el pallet. Independientemente de la estrategia que utilicemos, todas las decisiones deben estar orientadas a mejorar los parámetros de calidad del producto final”, concluye.